Celebramos en este tema el reencuentro de la electrónica de Tom con la guitarra de su hermano Sam, que aporta aires de rock progresivo. Bueno, en realidad, más que aires, aporta vendavales, dado el desmedido afán de protagonismo que caracteriza al hermano mayor de los Palmao.
En los azulejos de la memoria no podremos encontrar la sutileza del momento presente, por eso encomendamos a la música la desdibujada tarea de afirmarnos en el mundo como masas capaces de vibrar al son de las ondas armónicas. Coroco Bocaito persigue ese aire incorrupto del ruido cotidiano, reivindicando su preferencia por el espacio antes que por el tiempo, “al menos el espacio podemos verlo”, comentó al poco de descubrir que la grúa local había retirado su vehículo. La música que nos propone surge de la necesidad y del vacío, pero se ofrece como longaniza temprana, dispuesta a ser degustada en rodajas que venzan el inexorable paso del tiempo, “el puto tiempo”, como a él le gusta susurrar. Coroco Bocaíto entrega su obra abiertamente. ¿Le darán algo a cambio?
Tom Palmao
Coroco Bocaito es el nombre con el que se presenta el músico electrónico Tom Palmao, que inició su carrera a la sombra de su hermano Sam (Sam Palmao, por supuesto), a quien le ponía las bases electrónicas, y que hastiado ya de su arrogancia y de su desmesurado afán de protagonismo, decide dar rienda suelta a sus propias ensoñaciones musicales sin tener que depender de canciones de un estilo que ni te cuento, compuestas al parecer con la única pretensión de ligar con las fans (claro que ni por esas). La visión musical de Tom (en adelante “Coroco”) es mucho más compleja e interesante que la de su hermano, sobre todo desde que abandonó la ciudad de Sevilla, en la que ambos se criaron, y se retiró a vivir a la sierra gaditana, empapándose de la espiritualidad que le transmiten las chacinas ibéricas y el queso payoyo que allá se fabrican. El sonido de Coroco, que igual te lleva a la pista de baile que a la cama, podríamos encuadrarlo en una especie de ambient experimental con un cierto ramalazo funky y psicodélico a la par (tal que asín), aunque él siempre intentará incluir en cualquiera de sus temas detalles que lo conviertan en único, inclasificable e inetiquetable. Claro que estas pretensiones, hoy en día, con la de cacharrería que hay en el mercado, resultan difíciles de alcanzar, y los críticos más patateros que dominan las publicaciones musicales acaban echándolo al saco del chillout, así, por la cara. Pero Coroco Bocaíto no es un DJ al uso. De hecho ni siquiera es un DJ. Su música no está al servicio de las puestas de sol, ni se le pasa por la cabeza contentar a las masas de neohippies y neopijos sin fronteras que se entremezclan en determinados cafés del mundo a los que, si él acudiera, se pediría una leche manchada como única sustancia estimulante. El nombre de Coroco Bocaito, que evoca descaradamente la fonética japonesa (con cuya tradición musical electrónica aspira a identificarse), proviene precisamente de la versión nipona de un bocadillo de croqueta, concepto gastronómico extraño en sí mismo y que, al ser solicitado en una ocasión a un expendedor de comidas de aquel país, resultó ser un San Jacobo. Las leyes físicas más elementales nos indican que si colocamos un San Jacobo recién salido de la freidora entre dos panes, a la hora de llevárnoslo a la boca es altamente probable que la presión ejercida por nuestras manos expulse hacia el exterior del alimento el queso fundido que éste contiene a una temperatura cercana a los 250ºC. Si el queso llega a hacer contacto con la piel humana, se aferra a ella debido a la natural consistencia que hace que el queso fundido sea de por sí una sustancia pegajosa. El resultado lógico es una quemadura que queda impresa en la piel como un tatuaje involuntario. Este concepto es el que Coroco pretende transmitir en su música: que sea al mismo tiempo caliente, pegajosa (más que pegadiza), un pelín refrita y que te marque para siempre.





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